Roberto Cortés Conde (1932, Ciudad de Buenos Aires) dedicó su vida a pensar aquello que la mayoría de la gente elige desconocer o quiere olvidar. Respetado en el país y en el extranjero como uno de los más prominentes especialistas en historia económica, este investigador y académico está al tanto y al dedillo de las causas y consecuencias de cada crisis. La suya es una carrera deprimente y él lo sabe, pero no se arrepiente de haber creído en que conocer la realidad es la herramienta más poderosa que existe para transformarla. Por ese dominio del pasado, la palabra de Cortés Conde evita la altisonancia y los juicios terminantes hasta que los mares de la entrevista tocan las costas del presente, y, ahí sí, el historiador se detiene y certifica que la pandemia diluyó aún más la posibilidad de predecir lo que sucederá en la Argentina, donde el Estado, que no puede gastar, afronta una presión intensa por los recursos. “A pesar de mis años, no conozco una incertidumbre tan grande como la que enfrentamos”, observa.

Enclaustrado en la capital del país, Cortés Conde atiende el llamado de LA GACETA con alegría porque el diario y Tucumán lo remiten a tres amigos ya fallecidos: Daniel Alberto Dessein, Tomás Eloy Martínez y Carlos Páez de la Torre (h). Al igual que el último, Cortés Conde se entregó a la historia aunque estudió abogacía y cultivó “la búsqueda obstinada de la evidencia empírica”, como lo definió el economista Osvaldo H. Schenone al darle la bienvenida a la Academia Nacional de Ciencias Económicas. El académico se toma tan en serio en su tarea que no se deja llevar por la versión divulgada de los nueve defaults y cuenta cuatro, más uno -el actual-, que todavía es dudoso: 1826, 1855, 1890 y 2001. “No sé cómo sacan la cuenta de los nueve”, admite.

- ¿A qué puede deberse la diferencia de contabilidad de defaults?

- Todo depende del criterio. Creo que hubo atrasos en los pagos, por ejemplo, en la época de (Raúl) Alfonsín que no llegaron a un default. Uno puede decir que los casos claros en los que la Argentina no cumplió en el siglo XIX fueron el famoso préstamo de Baring (Brothers) durante la guerra contra Brasil de 1825; en 1855, pero en la época de (Nicolás) Avellaneda se paga todo porque el Presidente sostenía que había que honrar las deudas, y en 1890. La decisión de Avellaneda generó una situación dura, pero la apuesta resultó correcta porque permitió la enorme entrada de capitales de los últimos 20 años del siglo XIX que posibilitaron la construcción de la línea ferroviaria y el desarrollo del país. En el lenguaje común se dice que la Argentina es un país muy rico y con tierras fértiles, pero en ese momento tenía distancias muy grandes y los costos de transporte impedían enviar la producción a los mercados europeos. Hasta que no vinieron los capitales y la mano de obra, es decir, los inmigrantes, el país estaba aislado: era el desierto que (Domingo F.) Sarmiento retrató en Facundo, no una unidad política.

- ¿Por qué en ese clima de desarrollo hubo otra cesación de pagos?

- La crisis muy seria de 1890 tuvo un aspecto distintivo. En 1825 hubo un bloqueo del puerto de Buenos Aires, que era la fuente de todos los ingresos fiscales: sin aduana, los gobiernos no existían. La Argentina era y todavía lo es dependiente de la salida de sus productos al exterior. Hoy hay puertos en una serie de lugares, pero antes la salida era una sola y por el Río de la Plata. Bastaba con cerrar ese estuario para que el país se quedara sin ingresos. En 1890 hubo una sobreexpansión enorme. Lo que sucedió es que las grandes inversiones no reditúan al día siguiente. El dinero llega; hay que colocarlo; analizar los proyectos; etcétera. El ferrocarril fue deficitario en la primera década por eso los constructores pedían garantías al Gobierno. Pero, además, hubo una enorme ampliación de la masa monetaria por la creación de los bancos garantidos que obedeció a que cada provincia quería tener su propio acceso a la emisión de billetes para financiarse. Hubo, entonces, una inflación grande. En 1890 aparece la crisis y la Argentina tiene que ir al Reino Unido a negociar un préstamo con la Baring. Sobre llovido mojado porque la entidad financiera también se insolventó. Baring deja de pagar y se forma un comité al mando del Banco de Inglaterra y la casa Rothschild, entre otros. En 1891 el país logra un arreglo y sale adelante con un crecimiento impresionante porque, además, se compromete a no emitir por una década y, luego, incorpora el patrón oro. Eso le permite pasar la Primera Guerra Mundial sin problemas. Llega la crisis global de los años 30 y la Argentina es uno de los países del mundo que no defaultea.

- ¿A qué atribuye esa rareza?

- Ahora que soy más viejo, me doy cuenta de que los años que uno le parecían eternos, en realidad sumaban poco tiempo. En 1930 todavía había gente que había vivido en 1890 y recordaba lo que había costado esa crisis, y que la cesación de pagos traía consecuencias muy graves.

- ¿Esa posición permitió a la Argentina caer varias veces en el siglo XX sin llegar a tocar fondo?

- La Segunda Guerra Mundial dejó atrás los defaults de los años 30 y en las economías nacionales incidió la posición que cada Estado tomó respecto de aquel conflicto bélico. Mientras Brasil, que había defaulteado en 1930, se unió a los Estados Unidos y mandó a una delegación de soldados a pelear en Italia, la Argentina se declaró neutral, pero básicamente se mostró muy a favor del Eje y eso le significó un tratamiento diferente por parte de los vencedores. Durante el Gobierno de (Juan D.) Perón tampoco hubo cesación de pagos porque aquel usó las reservas acumuladas para atender los créditos. Luego hubo acuerdos en la época de (Pedro Eugenio) Aramburu con el Club de París, que fueron muy exitosos. En la presidencia de Alfonsín vemos las negociaciones del Plan Brady, pero no un definitivo incumplimiento como el que declara (Adolfo) Rodríguez Saá en la famosa reunión del Congreso Nacional de 2001. Luego hay que ver qué pasa con esta negociación (a cargo del ministro Martín Guzmán) y si el incumplimiento se consolida.

- ¿Qué enseña esta trayectoria de cesaciones de pagos?

- A los factores locales hay que sumar una serie de elementos externos, como la tormenta cambiaria de 2018. Lo que para mí enseña esta historia es el efecto enormemente pernicioso que la cesación de pagos tiene para el país porque se termina el acceso al capital en los mercados internacionales y las tasas de interés son mucho más caras. Es cierto que en la Argentina de golpe tenemos recuperaciones grandes, que es lo que sucedió después de 2001 con la baja internacional de la tasa de interés y una suba enorme de los precios de las materias primas que llevó a la tonelada de soja de U$S 150 a los U$S 600: de la noche a la mañana éramos ricos. Algo parecido sucedió durante la Convertibilidad (impulsada por el ministro Domingo Cavallo durante el menemismo). Esto lleva a notables exageraciones y a problemas reincidentes. En cualquier parte la prudencia de la administración de recursos es necesaria. Uno sabe que puede en algún momento gastar más de lo que tiene y deberle a alguien, pero no puede manejarse así indefinidamente. Claro que los particulares no disponemos de la posibilidad de financiarnos mediante la emisión, como lo está haciendo hoy el Banco Central, pero eso es una ilusión: estos billetes no valen lo que dicen porque no están respaldados en la producción y por eso los precios aumentan, y cada vez hace falta más dinero para adquirir lo mismo. De ahí viene la inflación, que es lo que hemos tenido en la Argentina desde por lo menos 1950: es el proceso más largo y perverso que conozco en la historia del mundo.

- ¿Cuál es el origen de ese mal?

- Las tasas de dos o tres dígitos de inflación sostenidas son un fenómeno netamente argentino. Esto llegó a un pico en la época de Alfonsín. La moneda, así como el lenguaje, es simplemente un instrumento para el intercambio, en este caso de bienes y servicios. Es decir, se trata de un sistema para entendernos. La moneda expresa una relación de valores entre lo que uno tiene y lo que uno quiere: si esa relación de valores desaparece, hay que volver al trueque. La moneda no tiene un valor en sí misma sino en cuanto a lo que representa. Pero aquí en la Argentina hay un hecho cultural persistente que radica en deshacer ese valor.

- De allí viene la obsesión por atesorar dólares...

- En el resto del mundo, las grandes inflaciones aparecieron en circunstancias muy excepcionales. Es lo que se ve en la hiperinflación alemana de la posguerra. Para los alemanes esa anomalía fue una borrachera a la que no quisieron regresar nunca más: aprendieron y no volvieron a partir de la defensa de la estabilidad económica. En cambio, en la Argentina nadie cree en el valor del peso. A eso se suma ahora que, por la pandemia, la gente no va a trabajar. ¿Cómo se va a compatibilizar, en el tiempo, la exigencia de fondos públicos para evitar una explosión? En el caso argentino no me animo a pronosticar nada. Yo entré en la escuela primaria cuando la inflación era algo desconocido y nos enseñaban a ahorrar mediante la apertura de cuentas bancarias. El valor de nuestra moneda era muy importante. En el presente, el futuro inmediato es totalmente incierto. A pesar de mis años, no conozco una incertidumbre tan grande como la que enfrentamos.

- ¿En qué se basa esa percepción?

- Nadie sabe qué pasará con el coronavirus. Aún en las guerras uno puede medir las fuerzas y hacer ciertas proyecciones. No es fácil predecir, pero algo se conoce. ¿Qué sabemos de este virus? Es algo muy nuevo, con un comportamiento realmente desconocido. ¿Dura hasta agosto o septiembre? ¿Por qué? Además, está en el mundo comunicado de hoy. No hay forma de anticipar sus movimientos. Aquí esta pandemia se combina con dificultades económicas muy grandes. Espero que prevalezca la prudencia, pero en la historia vemos que eso no sucedió como vemos los costos altísimos que ello acarreó. Tenemos una crisis larga sobre nosotros, siempre por el mismo problema del gasto excesivo. ¿Qué le pasó al Gobierno anterior (de Mauricio Macri)? Su quiebre respondió a la decisión de subir las tarifas de los servicios públicos, que es la cosa más antipopular que se puede hacer y, a la vez, la única forma de equilibrar la economía. El problema del subsidio de las tarifas viene del primer Gobierno de Perón. El informe sobre la Argentina que hace (el tucumano Raúl) Prebisch en 1955 es, por ello, lo más actual que conozco y me parece terrible. En ese momento Montevideo nos parecía París porque Buenos Aires tenía apagones todos los días.

- Usted dice que la crisis de 1890 había dejado una huella en la dirigencia de 1930 y por eso no la quería repetir, y algo similar ocurrió en Alemania. ¿Nosotros hemos desarrollado una inmunidad al daño?

- Esa pregunta es para un psicólogo. Después del descubrimiento de América, España, que entonces no era el país de hoy, encuentra las minas de metales preciosos en Bolivia y México que le permiten desarrollar un proyecto imperial impresionante. Era extremadamente rica, pero se gastó la plata en la guerra contra los Países Bajos. Como nos pasa a nosotros, el Reino quebraba de manera recurrente. Y, entonces, las montañas del oro americano terminaban en manos de banqueros y usureros ni bien llegaban a España, y el rey no tenía más alternativa que volver a endeudarse. Fernando VII quería recuperar las colonias americanas para sanear la economía, receta que no funcionó. Y España estuvo en una crisis y decadencia permanentes entre los siglos XVII y XIX. El galeón de Las Indias es comparable a nuestro galeón de la soja, pero eso dura poco.

- ¿Cómo se siente usted ante el escenario de repetición de las crisis que ha estudiado?

- Me siento frustrado. En ciertos momentos tuve la ilusión de que el país cambiaría. Yo recuerdo la Argentina que viví de la mano de mi padre que era profesor en Paraná, quien vio el progreso y el incremento de los niveles de educación. Me formé con la creencia en la ciencia y en la prosperidad que su desarrollo prometía. Me ilusioné con la democracia, pero después vinieron los golpes y los contragolpes. Y ahora que tengo hijos, nietos y bisnietos pienso que el país que me dejaron mis padres y mi abuelos era mejor que el que estoy dejando yo. Y me frustra haberme golpeado tanto y que los resultados hayan sido tan desmoralizadores.

UN ACTOR DEL BICENTENARIO

Roberto Cortés Conde se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la misma institución hizo estudios de posgrado en Sociología. Enseñó Economía Política en la UBA, e Historia Económica en las universidades Nacional del Litoral, Católica Argentina y de San Andrés. 

Dirigió el Instituto Torcuato Di Tella, y dictó cursos en las universidades estadounidenses de Chicago, Harvad, Yale y Yale, y la Hebrea de Jerusalén. Autor de numerosos ensayos e investigaciones sobre su especialidad, Cortés Conde presidió la Asociación Internacional de Historia Económica y la Academia Nacional de Historia, justo para la celebración del Bicentenario de la Independencia Argentina. 

Con ese rol, vino a Tucumán a encabezar un congreso conmemorativo, que convocó a historiadores destacados del país y extranjeros.